Jorge Volpi: La libertad y la broma

Walter Berglund, un rijoso ambientalista de Saint Louis, Missouri, ve su carrera amenazada cuando acepta colaborar con una empresa con credenciales ecológicas dudosas, pero cuyo dueño accede a convertir una larga franja de Virginia en una zona protegida (en especial para las aves). Patty, su esposa, brillante basquetbolista en sus años juveniles -aunque debió callar una violación por insistencia de sus padres progresistas-, se presenta como una ejemplar ama de casa aunque en el fondo nunca haya sido tan buena ni simpática y se sienta ferozmente atraída por Richard Katz, el mejor amigo de Walter, un músico punk que encarna esa otra existencia, aventurera y temeraria, a la que renunció para casarse. Y Richard, por último, es el eterno adolescente que, en su afán por desafiar al sistema, renuncia al arte cuando por fin se convierte en un ídolo de culto entre los jóvenes.

Estos tres personajes, a quienes luego se suman los hijos de los Berglund y la amante de Walter, con sus batallas y reconciliaciones, sus decisiones intempestivas o su falta de decisiones, constituyen la materia prima de Libertad (2010), la novela con la que Jonathan Franzen (1959) alcanzó una celebridad difícilmente imaginable para un escritor -su rostro en la cubierta de Time apareció con el epíteto de “el gran novelista americano”-, y lo encumbró como el emblema de quienes miran el arte de la novela como una exploración de los conflictos individuales que a su vez desentraña las tensiones de su época. En otras palabras, hoy Franzen -quien estos días visita la Feria del Libro de Guadalajara- aparece como el cabecilla de esa tradición narrativa, consolidada en el siglo XIX, que busca adentrarse en los destinos de sus criaturas no sólo para que autor y lector vivan otras vidas, sino para extraer de ellas un atisbo de su Zeitgeist: las ilusiones y desvaríos de su tiempo.

Franzen inició su andadura con dos novelas más experimentales y explícitas sobre su entorno: la apocalíptica Ciudad veintisiete (1988) y la catastrófica Movimiento fuerte (1992), plagadas de los guiños posmodernos que entonces parecían ineludibles en cierto sector de la narrativa contemporánea y que de algún modo alcanzaron su epítome en la inabarcable La broma infinita (1996), de David Foster Wallace, con quien Franzen mantuvo una compleja amistad hasta el suicidio de éste en 2008.

Una semana antes de los atentados a las Torres Gemelas, Franzen publicó su respuesta a Foster Wallace: Las Correcciones, una novela que se desprendía de cualquier jugueteo metaliterario y, con una arquitectura voluntariamente clásica, retrataba nuestra sociedad de consumo buceando únicamente en sus personajes. Once años más tarde, Libertad profundizó aún más aquella apuesta: con Tolstói como modelo, Franzen urdió un universo narrativo en el cual los zigzagueos vitales y emocionales de Patty, Walter y Richard -trasuntos de Natasha, Pierre y Andréi de Guerra y paz- eran el espejo a través del cual no sólo contemplaba los triunfos y sinsabores de la clase media americana, sino la desazón suscitada por la siniestra presidencia de George W. Bush.

En una era en la cual la palabra “libertad”, de por sí blandida por Estados Unidos con el menor pretexto, era aún más manipulada y traicionada que de costumbre, Franzen se propuso recuperar sus matices y exhibir cómo quien la anhela y la persigue -un tema clásico de la narrativa y el discurso público estadounidense- confronta sin remedio la libertad de los otros. Como las inquietas moléculas de una fórmula inestable, Patty, Walter y Richard se aproximan y se alejan, construyendo y destruyendo sus afectos conforme dejan entrever los miedos y deseos que sufren de forma única pero que comparten, sin darse cuenta, con sus contemporáneos.

Pese a su ambición totalizadora, quizás Libertad carezca de la épica guerrera de Tolstói y se concentrare demasiado en la paz de la burguesía americana, pero la mirada de Franzen sobre sus personajes no podría ser más incisiva: al término de sus 600 páginas, resulta inevitable sentir que formamos parte de los Berglund y los Katz o, mejor, que nos hemos transmutado en alguno de ellos para siempre. Al referirse al corrosivo diálogo que siempre mantuvo con Foster Wallace, Franzen escribe en su libro de no ficción Más afuera (2012) que, en opinión de ambos, no es otro el objetivo de la novela: escapar de la cárcel de ser sólo nosotros mismos.

Escrita por alguien que mostró su rechazo a Romney y su alivio ante el triunfo de Obama, Libertad no deja de ser un texto profundamente conservador, tanto en su voluntad estética como en su sentido político, pero no porque Franzen peque de reaccionario, sino porque supo atisbar en sus personajes -y en sí mismo-, el Zeitgeist que caracteriza a Estados Unidos en nuestros días: una sociedad en la cual los individuos se baten a diario para defender su libertad y donde el espíritu comunitario sólo se entiende como un paliativo a la inmensa soledad de esta lucha.

Twitter: @jvolpi

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