El miedo en Reynosa. La gente se acostumbra

• Hace poco fuimos a Reynosa, invitados a un encuentro de escritores: el primero que se organizaba jamás en la ciudad.

Y tengo que decirlo como en los cuentos de horror de H.P. Lovecraft: no vimos, en realidad, nada que fuera directamente terrible. Nada de lo que se conoce por los testimonios y los reportes innumerables. No vimos ninguna ejecución, ninguna balacera ni tortura. No vimos ningún coche de narcojunior, ningún grupo de jóvenes sicarios, nada de lo que hemos aprendido a esperar o a temer.

Pero no hizo falta. Los signos del miedo estaban en todas partes. La ciudad estaba sitiada. Con más precisión, estaba sitiada desde adentro: invadida.

—¿Por qué hay tanto comercio abandonado? —preguntó alguien del grupo de invitados, mientras el camión que llevaba al “contingente” avanzaba hacia el hotel.

—Sí —respondió, fingió que respondía, alguien del grupo de anfitriones. Todos entendimos que no decían más porque nosotros éramos nuevos en la ciudad. Pero la mayoría de los locales a nuestro paso estaba cerrada, con las puertas atrancadas, las cortinas metálicas abajo y muchas ventanas cegadas. Algunas paredes tenían grafiteadas palabras indescifrables. Carteles y señales se veían deslavados, como si el sol de la mañana hubiera quemado los colores. Pero en todo lo demás parecía ocurrir el mismo desgaste, el mismo vaciamiento.

—Mucha gente se ha ido a McAllen —agregó otro de los anfitriones minutos después, .

Curiosamente, aunque faltaban los colores más vivos, lo que se veía no daba la impresión familiar de lo desolado y lo decadente: no podría describirlo como “gris”, como en “blanco y negro”, que es el modo en el que suele decirse. Los colores ausentes provocaban, más bien, que todo se percibiera teñido de un amarillo pálido: que todo fuera del color del polvo, de algo que se asentaba encima de todas las cosas.

Dejé de pensar en esta percepción desagradable cuando llegamos al hotel, que debe ser como un millón de hoteles similares en el mundo globalizado. Pero por la noche, mientras varios bebíamos y hablábamos en el bar, llegó uno de los camareros para decirnos que no podíamos seguir allí.

—¿Por qué no?

—Porque personas ajenas al hotel han dicho que no quieren las luces prendidas tan tarde. Se pueden ir a un cuarto.

Nótese el modo en el que camarero habló de esas personas ajenas: no nos dijo quiénes eran, aunque era obvio a quién se refería. No tenía la confianza suficiente en nosotros para decir más. Uno de los colegas escritores le dijo que estaba bien, pero que si ya no iba a haber servicio, ¿no podría salir él rápidamente a comprar algunas cervezas, tal vez a alguna tienda cercana?

El hombre dudó. Todos pudimos ver que estaba pensando en las personas ajenas al hotel y en que nosotros éramos nuevos en la ciudad. Y todos, todos los que estábamos allí sabíamos las historias: que la gente de Reynosa no sale de noche a menos que sea estrictamente necesario. Pero varios insistieron y le ofrecieron una buena propina.

Al final el hombre fue y volvió con más cervezas. Estaba pálido. Alguien de los presentes se marchó en ese momento, con la observación más melodramática y más sincera que escuché durante todo el viaje:

—Tomar esa cerveza sería como tomarse la sangre del fulano —dijo. Nadie le respondió.

****

Al término del encuentro, parte de los escritores invitados decidió ir al cine. Costó trabajo encontrar el camino a un complejo de salas que pudiera visitarse, porque éramos nuevos en la ciudad —porque siempre íbamos a ser nuevos en la ciudad— y todo lo que teníamos era una serie de sitios a evitar: por ejemplo, todas las personas a las que preguntamos nos recomendaron que no nos acercáramos a los cines que están ya sobre la carretera. Al fin llegamos a un centro comercial bastante grande y poblado; era como un mall de cualquier otro sitio de México salvo excepciones como las que se veían en una tienda de playeras: un diseño en exhibición tenía el lema “Yo sobreviví a crecer en Reyno”, con la última palabra inscrita en la silueta de una pistola, y al lado había otro más expresivo todavía: una Hello Kitty que sostenía u n cuerno de chivo.

Compramos boletos, entramos en la sala después de las 10 (la función sería la última del día) y tuvimos la siguiente pésima suerte: después de un rato, el proyector dejó de funcionar justo en una escena en la que un terrorista se abre paso a balazos. La luz parpadeó y se apagó y el ruido de balazos continuó por unos segundos; luego, silencio. Nadie dijo nada pero todo el mundo, lo sé, pensó en otras balaceras, más cercanas, más terribles, cotidianas y reales.

—A quién se le ocurre venir a ver esta película aquí, y a esta hora —se quejó alguien. Nadie le contestó. Al día siguiente nos fuimos.

****

La única conclusión que puedo ofrecer la supe varios meses antes de ir al encuentro: cuando se asienta la violencia, la gente se acostumbra a ella. No la ignora, porque es imposible de ignorar, pero intenta continuar viviendo. Puede no querer hablar todo el tiempo de ella. Puede hacer bromas a su costa. Puede cambiar sus costumbres para que el miedo se vuelva una parte de la experiencia de cada día y dé al menos la impresión de ser un poco menos terrible.

Lo supe de este modo. Un día, mi esposa conversaba por teléfono con una amiga común: Alisma de León, la escritora de Reynosa que tuvo la idea del encuentro de escritores allá y aunque no tiene cargo alguno en el gobierno había logrado apoyo de las autoridades culturales para organizarlo.

—Un momento —dijo Alisma, y se apartó del teléfono. Se oyó (dice mi esposa) su voz, desde lejos; luego se le oyó volver—. Ya está. Es que había una balacera aquí afuera y los niños estaban en el piso de arriba. Me los traje acá y les dije que se quedaran en el suelo para poder verlos —y continuó hablando de otros temas.

p-89EKCgBk8MZdE.gif

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: