Desapareció el búnker y retornó el temor

Ciudad Acuña • El jueves, jornada del entierro de José Eduardo Moreira, Ciudad Acuña se había convertido en uno de los lugares más seguros del país: cientos de soldados y marinos blindaron el lugar auxiliados por policías federales, estatales y municipales. Un helicóptero sobrevolaba todas las áreas donde se llevaban a cabo la misa de cuerpo presente y el entierro del hijo de Humberto Moreira.

Ayer no quedaba casi nada de ese búnker: un par de camionetas del Ejército aparecían de pronto en algunas avenidas, una tercia de vehículos de la Policía Federal hacía lo propio, mientras que unos cuantos policías locales circulaban solitariamente de tanto en tanto.

—¿Cómo están? ¿Cómo andan las cosas? —se le preguntaba a tres policías municipales que, armados con escuadras, caminaban alrededor del quiosco principal del centro.

—¿Por qué quieren saber? —desconfiaba uno, a pesar de que la cámara y el micrófono de MILENIO hacían evidente que lo interrogaban reporteros.

—¿Para qué quieren grabar? ¿Quiénes son? ¿De dónde vienen? —cuestionaba otro oficial.

—No nos graben. No podemos dar entrevistas… —ordenaba con tono suplicante un tercer efectivo policial.

La gente, no mucha en las calles antes del mediodía y después de la hora de comer, se mostraba huidiza, temerosa. Todo lo que fuera temas de inseguridad implicaba evasivas y despedidas precipitadas.

Paranoia y ambiente tenso. En cuanto los reporteros se paraban en algún lugar a grabar imágenes o a intentar charlar con la gente, en cuestión de minutos, surgidos de quién sabe donde, aparecían esos sujetos que forman parte del escalafón más bajo en las mafias criminales: los vigías, los halcones en bicicletas relucientes que con miradas heladas escrutaban a los fuereños sin discreción alguna y reportaban por sus móviles lo que tuvieran que informar.

Junto a un Oxxo estaban estacionados dos pick ups repletas de GATES, policías estatales de élite encapuchados y armados con fusiles de asalto. Frente a ellos, a una gasolinera, arribaban en una troca con vidrios polarizados y antena satelital tres sujetos de aspecto poco amistoso. De inmediato los policías bajaban de su unidad y los cercaban para revisarlos…

—Es que es zona fronteriza y hay mucho malandro… —explicaba quien comandaba al escuadrón.

—¿Y esa antena para qué la ocupan? —le preguntaba MILENIO a uno de los individuos.

—No sé. Acabo de comprar la troca en un lote. Pero es para la música, para que se oiga bien… —alegaba.

A algunos kilómetros de ahí, en el paraje donde abandonaron el cadáver del sobrino del gobernador Rubén Moreira con dos balazos en la cabeza, en las afueras de la ciudad, aun permanece la usual cinta amarilla que preserva la zona de un crimen.

Una parvada de buitres piaba y volaba bajo y en círculos a unos cien metros del lugar…

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